Mª José González 17 junio, 2018

Los ataques terroristas del pasado 11 de Septiembre contra los Estados Unidos son aquel
tipo de acontecimientos que jamás pensábamos que podrían suceder. Nunca hasta entonces el terrorismo parecía amenazar de forma tan importante a la totalidad de la sociedad occidental. Países en los que apenas conocían en sus carnes el dolor de los atentados violentos se encuentran en la actualidad amenazados por la sombra del terrorismo. Acontecimientos como estos han sembrando de sentimientos de miedo y desamparo a los ciudadanos de todo el mundo occidental, quizás porque este tipo de acciones violentas son al azar y, generalmente, sus
víctimas son ciudadanos indefensos.

Ante los actos terroristas, o ante cualquier acto violento o catastrófico, las personas
generalmente buscan una forma de hacer frente al trauma y a la tensión que le sobreviene. Se intenta hacer frente a unos actos que escapan de la comprensión racional y esto puede hacer que se produzca un encadenamiento de sentimientos que culminen en sensaciones de un profundo dolor, vulnerabilidad y miedo, unido a sentimientos de desconfianza y odio hacia aquellos grupos que guardan relación con sus agresores.

Con estos últimos acontecimientos se ha aumentado en ciertos grupos de nuestra sociedad
el nivel del sentimiento de xenofobia y desconfianza, extrapolándola a grupos étnicos que ni siquiera tienen que ver con el fundamentalismo islámico, lo cual puede hacer que se produzca un peligro social y psicológico nefasto para la convivencia en un mundo que, inexorablemente, se dirige hacia el mestizaje.

Este tipo de desastres suelen ser inesperados, repentinos y abrumadores. En ocasiones, las víctimas no presentan muestras visibles de lesiones físicas, pero sí daños psicológicos considerables que pueden provocar reacciones emocionales muy fuertes. Estas respuestas son normales y el entender estos acontecimientos anormales pueden ayudar a la víctima a afrontar con éxito sus sensaciones, pensamientos, y comportamientos, lo cual le ayudará en su camino hacia la recuperación.

A consecuencia de esos desafortunados acontecimientos se ha oído hablar, con más asiduidad que de costumbre, del trastorno por estrés postraumático (TEPT), un trastorno que para diagnosticarlo es necesario que se cumplan, según el manual diagnóstico DSM-IV, una serie de características: "la aparición de síntomas característicos que sigue a la exposición a un acontecimiento estresante y extremadamente traumático, y donde el individuo se ve envuelto en
hechos que representan un peligro real para su vida o cualquier otra amenaza para su integridad física; el individuo es testimonio de un acontecimiento donde se producen muertes, heridos, o existe una amenaza para la vida de otras personas; o bien el individuo conoce a través de un familiar o cualquier otra persona cercana acontecimientos que implican muertes inesperadas o violentas, daño serio o peligro de muerte o heridas graves".

Una vez que han experimentado o han sido testigo de una catástrofe de cualquier tipo, los
afectados pueden entrar en un estado de reacción aguda de tensión. Siguiendo el DSM-IV, para diagnosticar un trastorno por estrés postraumático, también es necesario que el acontecimiento traumático sea reexperimentado persistentemente a través de una (o más) de las siguientes formas y que se prolonguen durante más de un mes:

Temor, desesperanza y horrores intensos (o en los niños, un comportamiento desestructurado o agitado)

Recuerdos recurrentes e intrusivos que pueden incluir imágenes, pensamientos o percepciones.

Sueños recurrentes sobre el acontecimiento.

La persona actúa o siente que está reviviendo la experiencia traumática.

Malestar psicológico intenso y respuestas fisiológicas cuando se expone a estímulos externos o internos que simbolicen o recuerden ese acontecimiento.



También es preciso que se produzca una evitación persistente de los estímulos asociados al
trauma, así como el embotamiento de la actividad general normal del individuo, lo cual se confirmaría si se cumplieran tres o más de los siguientes síntomas, siempre que persistan durante más de un mes:

Esfuerzos para evitar pensamientos, sentimientos o conversaciones sobre el suceso.

Esfuerzos para evitar situaciones, actividades, lugares o personas que recuerden el suceso.

Incapacidad de recordar un aspecto importante del trauma.

Reducción acusada del interés o la participación en actividades significativas.

Sensación de desapego o enajenación frente a los demás.

Restricción de la vida afectiva.

Sensación de un futuro limitado.

Siempre siguiendo los criterios del DSM-IV, también es preciso que se produzcan síntomas persistentes de aumento de la activación habitual (arousal), tal y como indican dos (o más) de los siguientes síntomas y que deben prolongarse durante más de un mes:

Dificultad para conciliar o mantener el sueño.

Irritabilidad o ataques de ira.

Dificultades de concentración.

Hipervigilancia

Respuestas exageradas de sobresalto.

El último de los criterios que deben cumplirse para hacer el diagnóstico de Trastorno por
estrés postraumático es que estas alteraciones deben provocar un malestar clínico significativo o un deterioro social, laboral o de cualquier otra área importante de la actividad de la víctima.

También cabe distinguir si los síntomas duran menos de 3 meses (agudo) o si duran más
(crónico), así como si es de inicio demorado (entre el acontecimiento traumático y el inicio de los síntomas han pasado por lo menos 6 meses.

Las personas que viven una de estas circunstancias directamente experimentan un trauma, pero no son los únicos. Tal y como se mencionaba anteriormente, además de los supervivientes, también lo pueden experimentar las personas que han sido testigos de los hechos, las que han podido serlo pero que, por cualquier motivo, no lo han sido, así como los parientes, amigos y conocidos de las víctimas. Pero no todo el mundo que ha pasado por esta experiencia será
candidato a padecer un trastorno de estrés postraumático. Se calcula que alrededor de un 20% de los afectados lo padecerá, aunque los estudios varían entre el 1 y el 14% en la población global y entre el 3 y el 58% en las personas que han sufrido un hecho traumático.

Cuando las personas son víctimas de un desastre u otro acontecimiento traumático, las
respuestas típicas inmediatamente posteriores al acontecimiento son el shock y la negación. Este tipo de respuesta actúan como mecanismos de defensa y son reacciones normales. El shock se caracteriza por una alteración repentina, y a menudo intensa, del estado emocional que hace que la persona se pueda sentir atontada, entumecida o deslumbrada. La negación implica el no reconocer que algo terrible ha sucedido, o bien, experimentar de forma minimizada la
intensidad real del acontecimiento.

Tras el acontecimiento traumático, y una vez superado el shock inicial, pueden aparecer diversas reacciones. Es importante conocer que no hay un modelo "estándar" de reacción a la tensión extrema que suponen las experiencias traumáticas. Algunas personas responden inmediatamente, mientras que en otras la reacción puede retrasarse y aparecer al cabo de meses e incluso años. Lo mismo sucede con la duración de los efectos nocivos, que pueden
desaparecer rápidamente o persistir durante un largo periodo de tiempo.

Las respuestas posteriores al hecho traumático más comunes suelen ser:

Alteraciones físicas: frecuentemente aparecen recuerdos muy vivos sobre el acontecimiento traumático (flashbacks), que pueden surgir sin motivo evidente y que provocan que se reviva la situación, haciendo que se produzcan reacciones físicas bruscas tales como
taquicardias o sudoración. Ante la tensión extrema pueden aparecer síntomas físicos tales como dolores de cabeza, náuseas, sensación de opresión en el pecho, … que pueden requerir atención médica. Si existieran alguna enfermedad previa, puede verse agravada por culpa de esa tensión. También se producen problemas o interrupciones en las pautas de alimentación y/o de sueño.

Alteraciones cognitivas: se produce una sensación de pérdida de control de la situación. Pueden aparecer dificultades en la memoria, la concentración y en la toma de decisiones.

Alteracionnes emocionales: aparecen un entumecimiento emocional, profundos sentimientos de pérdida, soledad, desolación, indefensión, desamparo y miedo hacia todo, así como repugnancia a la hora de expresar sus sensaciones. También aparecen sentimientos de
culpabilidad por haber sobrevivido y por no haber hecho algo más para ayudar a otros o para evitarlo.
Además, los aniversarios del acontecimiento (en términos de semanas, meses o años), así como los sonidos, olores, imágenes, … que la víctima pueda haber asociado con el desastre le pueden servir de recordatorio y hacerle evocar de nuevo y de forma vivida el acontecimiento traumático, provocando un miedo intenso a que se repita de nuevo. Al revivir
los hechos se producen sensaciones muy intensas y a veces imprevisibles y, en esos momentos, la víctima suele mostrarse especialmente ansiosa o nerviosa, se vuelve más irritable de lo habitual y su humor puede sufrir vaivenes dramáticos.

Alteraciones conductuales: se produce un aislamiento que puede llegar a paralizar prácticamente el normal funcionamiento cotidiano. Hay una reducción de los contactos interpersonales; la víctima se aparta o evita, en mayor o menor grado, el contacto con sus
familiares y amigos, así como sus actividades cotidianas, incluídas aquellas que hacía por placer. También pueden aparecer conductas adictivas (principalmente drogas, alcohol o fármacos), así como conductas de violencia doméstica o autolesivas (suicidio).

Las respuestas pueden tener una duración variable. Algunas personas se sienten fuertes inicialmente y parecen capaces de hacerle frente sin ayuda y es posteriormente cuando se desalientan, pudiendo o no persistir más sus síntomas. Algunos de los factores que influyen en el tiempo necesario para la recuperación son:

Grado de intensidad de la pérdida: las personas que precisarán más tiempo son
aquellas que se hayan visto implicadas en acontecimientos que hayan supuesto la pérdida de una o más vidas o la pérdida de una característica substancial.

Capacidad para hacer frente a situaciones emocionalmente desafiantes: las personas que han superado otras circunstancias difíciles puede resultarles más fácil hacerles frente a este tipo de situaciones.

Situación personal: las personas que ya estuvieran pasando por una situación emocional problemática, tal como problemas de salud o dificultades en sus relaciones familiares, pueden presentar reacciones más intensas y precisar más tiempo para su recuperación.

Algunos consejos para hacer frente al hecho traumático y ayudarle a recuperar su bienestar emocional y el control de su vida:

Intente pensar en su futuro de forma positiva: aunque parezca que la situación y su ánimo no va nunca a mejorar piense que en el futuro volverá a haber cosas positivas a su vida. Eso si, ha de ser realista sobre el tiempo en que tardará en sentirse mejor.

Concédase tiempo: anticipe que esto supone un reto difícil de superar. Viva el duelo e intente ser paciente con los cambios en su estado emocional.

Infórmese sobre este tipo de trastorno y todo lo que implica: conocer las reacciones que se producen, los síntomas secundarios, las respuestas posteriores, … pueden ayudarle en el proceso de superación de su problema.

Identifique las sensaciones y emociones que experimenta: debe comprender que es la reacción más normal a una situación anormal. Cualquier persona en su misma situación seguro que viviría esas mismas sensaciones.

Comunique su experiencia de cualquier forma, bien sea hablando o escribiendo un diario.

Hable con sus seres queridos sobre sus miedos: comparta con ellos sus sentimientos y
sensaciones y haga que ellos compartan los suyos, aunque si ellos también se han visto afectados por la situación traumática puede ser que su disponibilidad sea menor.

Probablemente habrá superado en su vida alguna otra adversidad, aunque no haya sido tan traumática: recuerde que fue lo que hizo en esa situación para superar su miedo y la sensación de desamparo.

Solicite ayuda a un profesional: compartir sus sentimientos sea a través de una terapia individual, grupal, o con un grupo de auto-ayuda pueden serle útiles para superar su trauma.

Infórmese si existe grupos de ayuda locales dirigidos a colectivos que hayan sufrido su misma situación y que estén conducidos por profesionales entrenados y experimentados en el tema. Es bastante habitual encontrar grupos para víctimas de violación, de malos tratos, de terrorismo y de desastres naturales. Estos grupos pueden ser especialmente aconsejable para aquellas personas que dispongan de unos contactos sociales y/o familiares limitados. La
discusión en grupo permite ver como otros individuos en las mismas circunstancias tienen a menudo emociones y reacciones similares, así como personas que lo experimentaron con anterioridad y que, a través de su conocimiento y experiencia de lo que es sobrevivir y hacer frente a la desgracia y al hecho de haber sobrevivido, pueden ser un recurso muy valioso a
la hora de ofrecer ayuda y apoyo a otras personas que pasan por ese trance.

Esfuércese en mantener su rutina habitual: no deje de hacer aquellas actividades que realizaba cotidiánamente. Continúe también haciendo aquellas cosas con las que antes disfrutaba y no deje que cosas que no puede evitar o controlar provoquen que no pueda vivir su vida tan feliz y plenamente como lo hacía con anterioridad.

Engánchese a comportamientos sanos: evite el alcohol y las drogas. Comer de forma equilibrada, dormir las horas adecuadas, practicar algún deporte y/o practicar alguna técnica de relajación, permiten que aumente su capacidad de hacer frente a la tensión excesiva.

Evite en lo posible tomar decisiones importantes, ya que este tipo de situaciones suelen ser agotadoras emocionalmente.

Confíe, si es el caso, en que las autoridades competentes investigarán y hallarán las causas, o a los culpables, que provocaron esa catástrofe o hecho traumático para evitar que se vuelva a repetir en un futuro.

Mi mensaje para todas aquellas personas que estén sufriendo un trastorno de este tipo es
que están experimentando reacciones normales a un acontecimiento anormal y que estas reacciones se desvanecerán pasado un cierto tiempo. Si explica a los demás lo que piensa y siente podrá recibir la ayuda que le ofrezcan y, una vez que empiece a hablar de sus experiencias, comenzará el proceso psicológico curativo. En ocasiones, los familiares, amigos, vecinos o miembros de su comunidad religiosa pueden proporcionar ayuda y apoyo, pero si el trauma es muy severo se deberá dejar en manos de un profesional de la salud mental.

En muchas ocasiones la víctima requiere únicamente un tratamiento mínimo, en el cual se
exploran los pensamientos, sentimientos, sensaciones y en donde aprenden en qué forma la mente y el cuerpo reaccionan ante una situación límite, así como la forma de hacerle frente con eficacia.

Si usted se siente angustiado por algún acontecimiento traumático vivido no dude en buscar
la ayuda de un profesional de la salud mental. Existen muchos problemas asociados a este tipo de trastorno y, para superarlos, existen psicólogos y otros profesionales de la salud mental entrenados especialmente para ayudarle a hacer frente a sus sensaciones, a tomar medidas positivas para que maneje positivamente sus sentimientos y conductas y reducir de esta forma el tiempo necesario para la recuperación de su estado habitual.

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