Mª José González 17 junio, 2018

En los últimos meses se está hablando mucho de lo que podría ser una nueva “enfermedad” relacionada con los trastornos alimenticios, la ortorexia. La diferencia respecto a los otros está en que, mientras que en la anorexia y la bulimia el problema gira en torno a la cantidad de comida, en la ortorexia gira en torno a la calidad.

El término “ortorexia” proviene del vocablo griego que significa “apetito correcto”. Fue definido por primera vez por el médico norteamericano Steve Bratman en un libro publicado en el año 2000 en EEUU y que lleva por título “Health Food Junkies”, o lo que es lo mismo, “Yonkies de comida sana”. Éste libro ha sido allí un éxito y no es de extrañar si tenemos en cuenta que durante el pasado año más de 5.000 personas habían sufrido ingresos relacionados con éste trastorno.

Se entiende por ortorexia la obsesión patológica por la comida biológicamente pura. Las víctimas de esta enfermedad sufren una preocupación excesiva por la comida sana, convirtiéndose en el principal objetivo de su vida. Podría decirse que es un comportamiento obsesivo-compulsivo caracterizado por la preocupación de qué comer y la transferencia de los principales valores de la vida hacia el acto de comer, lo cual hace que los afectados tengan “un menú en
vez de una vida”.

Según Bratman, a través de este tipo de comida las víctimas de ésta enfermedad esperan obtener todo tipo de beneficios físicos, psíquicos y morales, lo cual les puede llevar a una dependencia similar a la de cualquier adicto a las drogas. Por ello, entre las razones que podrían llevar a una persona a padecer la ortorexia está la obsesión por lograr una mejor salud, el encontrar una razón espiritual al comer un determinado alimento, o bien por
el temor a ser lentamente envenenado por los colorantes y conservantes de las industrias alimenticias.

Bratman fue médico generalista y también miembro del movimiento de alimentos naturales de EEUU durante 25 años. Fue un fervoroso seguidor del poder de la dieta para curarlo todo -o casi todo- y alcanzar así la salud. Ese es el ideal que profesan vegetarianos, vegetalinos, frutistas, crudistas, macrobióticos, etc. Muchos de estos seguidores de formas de comer restrictivas acaban suprimiendo grupos de alimentos básicos y pueden llegar al desequilibrio dietético y a la desnutrición.

En la década de los 70 Bratman fue cocinero y agricultor orgánico de una gran comunidad en Nueva York y se autodenominaba como un “comedor de extremos” que se vio en un vivero
de teorías alimentarias de la nueva era, disputadas por gente de diferentes campos dietéticos que poseían un conjunto de pronunciamientos contradictorios sobre lo que constituía “una buena alimentación”. En medio de todo este caos, Bratman acabó por componer su propia dieta, consistente únicamente en vegetales acabados de recoger del huerto y que masticaba al menos 50 veces antes de tragarlos. Al igual que muchos otros ortoréxicos, sus restricciones dietéticas
se fueron volviendo cada vez más inflexibles y animaba a los demás a seguir su ejemplo y a castigarse cuando probaban una pequeña porción de algún alimento que él consideraba prohibido.

Necesitó varios años para lograr desprenderse de estos hábitos. Entre los acontecimientos que le ayudaron a recuperar una cierta cordura alimentaria se encuentra, según sus propias palabras, “la aparición de un monje benedictino que, contra la ley de no llenar el estómago jamás, le hizo ver en un restaurante de carretera la indecencia de dejar comida en el plato”.
Pero aún más le influyó el hecho de que un anciano pobre le regalara una pieza de queso Krafft que por piedad no pudo rehusar y que inmediatamente después de haberlo ingerido se sintió curado de su resfriado.

La suma de ambos acontecimientos, unido a un exigente proceso interior, hizo que un día, por fin, Bratman decidiera comerse una pizza y, de postre, un gran helado de Häagen-Dazs. Poco después, ya reconvertido, es cuando escribió el libro donde se relatan los síntomas de la ortorexia, sus amenazas para la salud, sus connotaciones religiosas y su cuadro psiquiátrico.

Mucho ha cambiado Bratman desde entonces, ya que en la actualidad es un profesional de las medicinas alternativas y está haciendo campaña en contra de lo que considera una dedicación excesiva a las dietas estrictas, que pueden impedir que el cuerpo se beneficie de la nutrición básica. Según Bratman, la mayor parte de estas dietas, si se siguen rigurosamente, pueden
conducir a la ortorexia que, como muchos de los trastornos alimentarios, parece guardar mayor relación con el control psicológico que con determinados alimentos. Manifiesta que “no estoy presentando esto como un problema médico, pero quiero que la gente reconsidere lo que está haciendo”. Considera que “la mayoría de los estadounidenses harían bien en mejorar su dieta, no hay duda sobre esto. Sin embargo, en el campo de los alimentos sanos, hay mucha gente
que se beneficiaría si se pasaran al bando contrario y no fueran tan estrictos”.

En el caso concreto de los ortoréxicos, la preocupación por la comida sana les lleva a consumir exclusivamente alimentos procedentes de la agricultura ecológica, es decir, que estén libres de componentes transgénicos, sustancias artificiales, pesticidas o herbicidas, además de aquellas sustancias que hayan sufrido alguna clase de “condena o superstición”. Esta práctica puede conducir muchas veces a que se supriman las carnes, las grasas y algunos grupos de alimentos que, en ocasiones, no se reemplazan correctamente por otros que puedan aportarle los
mismos complementos nutricionales. La supresión de grasas, por ejemplo, puede comprometer la ingesta de vitaminas liposolubles y ácidos grasos, ambos imprescindibles para el organismo. Sin carne, los niveles de hierro se desploman y, aunque los vegetales también aportan proteínas, son de inferior calidad. Además, al haber crecido sin pesticidas, la agricultura ecológica encierra riesgo de albergar larvas o parásitos nocivos para la salud.

Algunos de los síntomas fisiológicos que una inadecuada alimentación puede provocar son: anemias, hipervitaminosis o en su defecto hipovitaminosis, carencias de oligoelementos, etc., que pueden derivar en dolencias más graves como hipotensión y osteoporosis así como, en fases
avanzadas, trastornos obsesivos-compulsivos relacionados con la alimentación o enfermedades
psiquiátricas tales como depresión, ansiedad e hipocondriasis. Además, tal y como consideran los expertos de www.obesos.org, los ortoréxicos prefieren
pasar hambre a comer alimentos “impuros” y eso les lleva a dejar de acudir a reuniones familiares y sociales por miedo a los alimentos que servirán, lo cual acabará por aislarles socialmente.

La ortorexia parece no afectar a los sectores marginales o ignorantes sino más bien al contrario, ya que éste tipo de comida es mucho más cara que la normal y más difícil de conseguir. De hecho, es en los países desarrollados donde las personas tienen mayores posibilidades de preocuparse por los ingredientes de los alimentos que compran en los supermercados.

Parece ser que suele manifestarse en personas con comportamientos obsesivo-compulsivos y predispuestas genéticamente a ello. Se trata, en su mayoría, de individuos con una preocupación exagerada y tiránica por la perfección y con una fe ciega en las normas y reglas. También
se ha observado que pacientes que han sufrido anorexia nerviosa, al recuperarse optan por introducir en su dieta sólo alimentos de origen natural, probiótico, cultivados ecológicamente, sin grasa o sin sustancias artificiales que puedan causarles algún daño. Nuevamente las mujeres más jóvenes son las más afectadas, siguiendo a famosas actrices o modelos, muchas veces excéntricas pero con gran influencia entre las chicas.

No es difícil encontrar famosos que han proclamado a la prensa sus manías alimenticias sin darse cuenta de que, tal vez, confesaban ser víctimas de la ortorexia. Ejemplos de ello son el diseñador Jean Paul Gaultier, el cual confiesa que toma diariamente 68 zumos de naranja, así como artistas tales como Julia Roberts, que consume diariamente varios litros de leche de soja y siempre lleva encima un envase de ella, Wynona Rider, que sólo toma Coca-Cola orgánica, Jennifer López, que sólo come tortillas hechas con clara de huevo, Mel Gibson que no come nunca pechuga de pollo porque cree que hace aumentar las mamas, o Marlon Brando, que sólo consume yogures antes analizados para certificar que no contienen grasas. Son sólo ejemplos de famosos que presumen de una alimentación sana. Un hábito correcto siempre y cuando no se convierta en una obsesión ya que, en ese caso, se podría hablar de víctimas de la ortorexia.

Según los expertos, entre las razones que pueden conducir a la ortorexia están la obsesión por buscar una mejor salud, el miedo a ser envenenado por la industria alimenticia y sus aditivos o, curiosamente, haber encontrado una razón espiritual en comer un determinado tipo de alimento.

El Dr. Vicente Turón, jefe de la Unidad de Trastornos Alimentarios de la Ciudad Sanitaria de Bellvitge (Barcelona, España) adivina en el culto a lo sano un deseo de alimentar no ya el cuerpo, sino la diferencia. «La gente quiere singularizarse de la masa y, para ello, unos exhiben un visón y otros, miserias. Hay quien presume de sufrir alergias, callos o de que su estómago es tan delicado que sólo traga los productos naturales», constata el experto, tras advertir que «la cocina ecológica está muy bien, pero siempre que venga aliñada con sensatez». «La Humanidad ha pasado hambre durante siglos por no saber congelar; botulismo, por falta de conservantes… Ahora que hemos inventado los artículos industriales tenemos que admitir sus ventajas y saber que no hay víveres biológicos para todos».

Los escasos estudios en torno a la ortorexia sí parecen confirmar que, detrás de la obsesión por un menú escrupulosamente limpio, subyace con frecuencia un trastorno psíquico. Se han diagnosticado esquizofrénicos que no comen porque piensan que los alimentos esconden conservantes que les envenenarán, melancólicos convencidos de que la comida les puede matar o
hipocondríacos que indultan un bistec porque un extremo apunta chamuscado. La propia carencia de vitaminas como la B-12 provocan alteraciones del comportamiento que profundizan todavía más en su obsesión.

Aunque todavía no están lo suficientemente contrastados, ya existen algunos criterios diagnósticos para la ortorexia:

a) Dedicar más de 3 horas al día a pensar en su dieta sana.

b) Preocuparse más por la calidad de los alimentos que del placer de consumirlos.

c) Disminución de su calidad de vida conforme aumenta la pseudocalidad de su alimentación.

d) Sentimientos de culpabilidad cuando no cumple con sus convicciones dietéticas.

e) Planificación excesiva de lo que comerá al día siguiente.

f) Aislamiento social provocado por su tipo de alimentación.

La respuesta afirmativa a estas y otras cuestiones similares permitirían, según Bratman, diagnosticar la ortorexia nerviosa y sus grados.

Algunas personas consideran que interesarse en consumir unos alimentos de mayor calidad puede ahora contemplarse como una enfermedad, al mismo nivel que la bulimia y la anorexia. De ello podría deducirse que el vegetarianismo también podría ser una obsesión y no únicamente una elección. Por otro lado, también hay personas que se sorprenden de que la preocupación por ser intoxicado por los componentes artificiales que comemos diariamente sea patológico en lugar de normal, lo cual debería llevarnos a aceptar comer cualquier cosa sin exigir información sobre sus componentes y fabricación. Pero esto no es así, no significa que no debamos dudar de su calidad y no se deba investigar y exigir la procedencia de los animales que comemos, la alimentación que siguen y su control sanitario, así como la forma de cultivo, la producción
de los diferentes alimentos y, por supuesto el estudio continuado de pesticidas y herbicidas empleados y su garantía de inocuidad. Todos nos preocupamos en mayor o menor medida por comer alimentos sanos, pero cuando ese comportamiento normal pasa a convertirse en una obsesión que pueda entrañar peligros para su salud ya pasa a calificarse como ortorexia.

Actualmente la oferta alimentaria es más amplia que nunca, pero también estamos en una época en que el exceso de información, que no siempre es del todo veraz o contrastada. La influencia de los medios de comunicación, que cada vez dedican más tiempo y espacio a temas dietéticos y a
escándalos en víveres de consumo, ha podido incidir en la emergente proyección de los problemas mentales en trastornos endocrinos. Esto provoca que muchas personas decidan optar por un tipo de alimentación que, en ocasiones, puede ser más perjudicial que beneficiosa.

No hay que confundir nunca la preocupación por una vida sana con la obsesión. Por supuesto que una persona vegetariana o macrobiótica no necesariamente sufre esta enfermedad. La clave en cualquier trastorno alimentario como en cualquier trastorno obsesivo radica en si la actitud de la persona con respecto a la comida, al peso y a los ejercicios es lo suficientemente significativa como para cambiar su estilo de vida.

Algunos de los síntomas que nos harían ver que la preocupación por la comida sana se nos ha ido de las manos son: si piensa en planificar al milímetro las comidas, si examina y compara las etiquetas de los productos, si prefiere ayunar antes que comer algo prohibido, si renuncia a su vida social a menos que sea posible llevar sus propios alimentos, si tiene discusiones permanentes acerca de lo que es o no conveniente comer, en definitiva, si su
vida cotidiana se ve afectada, entonces es cuando debe preocuparse, ya que lo que empezó como un hábito alimentario ha derivado casi en una religión donde la mínima trasgresión equivale al pecado. Otro de los síntomas es experimentar un enorme sentimiento de culpa cuando se cae en la tentación de comer cualquiera de los alimentos “prohibidos” y, para compensarlo, se castiga con un régimen aún más estricto o con la abstinencia total. También son síntomas la forma de preparación -verduras siempre cortadas de determinada manera- y los materiales utilizados -sólo cerámica, sólo madera, etc.-, ya que forman también parte del ritual obsesivo.

En España actualmente se desconoce la prevalencia de éste trastorno ya que es un fenómeno muy novedoso, aunque algunos especialistas ya apuntan que entre sus visitas han tenido entre
un 0´5 y un 1 por ciento de pacientes ortoréxicos. Los especialistas auguran que estas cifras sufrirán un aumento espectacular en poco tiempo y se verán aún más incrementadas cuando se conozcan más cosas sobre los alimentos funcionales. Puede que se trate de un trastorno alimentario más común que la anorexia y la bulimia, pero de lo que no cabe duda es de que se ha
convertido en un área de interés cada vez más creciente.

Aunque la ortorexia no ha sido reconocida oficialmente en los manuales terapéuticos de trastornos mentales, el término ha desencadenado muchas discusiones en Internet, así como grupos de apoyo. Para entrar en los manuales médicos, aún resta que el trabajo de Bratman u otros sigan desarrollándose y sean debidamente sostenidos por investigaciones. Por lo que pueda venir, el padre del vocablo y principal autor del libro, Steven Bratman, ya lo tiene registrado y su dominio punto com (www.orthorexia.com) ya es
operativo.

Quizá se trate de otra patología que nos deja caer la sociedad de consumo en su afán de ventas y publicidad engañosa. Un posible nuevo trastorno alimentario y la ilusoria búsqueda de la salud total. Paradojas de la vida: obsesionarse por la comida sana hasta un punto patológico.

Un consejo a modo de despedida: seamos razonables y cuidemos nuestra salud, pero no a costa de nuestra salud.

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