Mª José González 17 junio, 2018

No se puede hablar propiamente de “conducta agresiva” como si se tratase de una
única forma de conducta, sino de distintas formas de agresión. La agresividad puede expresarse
de muy diversas maneras y no son rasgos estables y constantes de comportamiento, por lo que
debemos tener en cuenta la situación estímulo que la provoca.

Frecuentemente, la violencia es una forma de comunicación social, en cuanto a que tiene una
probabilidad muy alta de amplificar la comunicación, pudiendo servirle al violento, entre otras
cosas, para la afirmación y defensa de la propia identidad.

¿Existen las personalidades agresivas?. Si tenemos en cuenta las definiciones propuestas
por el DSM-IV y el CIE 10, las conductas agresivas son un tipo de trastorno del comportamiento
y/o de la personalidad, que trasciende al propio sujeto. Parece haber una gran estabilidad o
consistencia longitudinal en la tendencia a mostrarse altamente agresivo con independencia del
lugar y del momento.

Aunque la agresividad puede tomar diversas formas de expresión, siempre tendrá como
característica más sobresaliente el deseo de herir. El agresor sabe que a su víctima no le
gusta lo que está haciendo y, por tanto, no tiene que esperar a que el grupo evalúe su
comportamiento como una violación de las normas sociales, sino que la víctima ya le está
proporcionando información directa sobre las consecuencias negativas de su acción, lo cual hace
que, con frecuencia, se refuercen y se mantengan esas mismas conductas. Es lo que se conoce
como “Agresividad hostil o emocional”, y habrá que distinguirla de otro tipo de conducta
agresiva que no tiene la finalidad de herir, la llamada “Agresividad instrumental”,
que es “la que sirve de instrumento para…”. Es por ello, que hay que distinguir los
agresores con orientación instrumental, que suelen ser aquellos que quieren demostrar ante el
grupo su superioridad y dominio, de los agresores hostiles o emocionalmente reactivos, aquellos
que usan la violencia porque se sienten fácilmente provocados o porque procesan de forma
errónea la información que reciben y, además, no cuentan con respuestas alternativas en su
repertorio. No son frecuentes los comportamientos agresivos mixtos, es decir, los que reúnen
ambas condiciones.

Existen diversas teorías acerca de la agresividad, cada una de las cuales contribuye a
explicar una dimensión del fenómeno. En 1983, Mackal efectuó una clasificación según el
elemento que considera determinante para su formulación y las englobó en 6 epígrafes:

Teoría Clásica del Dolor: el dolor está clásicamente condicionado y es siempre
suficiente en sí mismo para activar la agresión en los sujetos (Hull, 1943; Pavlov, 1963).
El ser humano procura sufrir el mínimo dolor y, por ello, agrede cuando se siente amenazado,
anticipándose así a cualquier posibilidad de dolor. Si en la lucha no se obtiene éxito puede
sufrir un contraataque y, en este caso, los dos experimentarán dolor, con lo cual la lucha será
cada vez más violenta. Hay, por tanto, una relación directa entre la intensidad del estímulo y
la de la respuesta.

Teoría de la Frustración (Dollard, Miller y col., 1938): cualquier agresión puede
ser atribuida en última instancia a una frustración previa. El estado de frustración producido
por la no consecución de una meta, provoca la aparición de un proceso de cólera que, cuando
alcanza un grado determinado, puede producir la agresión directa o la verbal. La selección del
blanco se hace en función de aquel que es percibido como la fuente de displacer, pero si no es
alcanzable aparecerá el desplazamiento.

Teorías Sociológicas de la Agresión (Durkheim, 1938): la causa determinante de la
violencia y de cualquier otro hecho social no está en los estados de conciencia individual,
sino en los hechos sociales que la preceden. El grupo social es una multitud que, para aliviar
la amenaza del estrés extremo, arrastra con fuerza a sus miembros individuales.

La agresividad social puede ser de dos tipos: individual, es fácilmente predecible, sobre
todo cuando los objetivos son de tipo material e individualista, o bien grupal. Esta última no
se puede predecir tomando como base el patrón educacional recibido por los sujetos, sino que se
predice por el referente comportamental o sujeto colectivo, el llamado “otro generalizado”,
al que respetan más que a sí mismos y hacia el cual dirigen todas sus acciones.

Teoría Catártica de la Agresión: surge de la teoría psicoanalítica (aunque hay
varias corrientes psicológicas que sustentan este concepto), la cual considera que la catarsis
es la única solución al problema de la agresividad. Supone una descarga de tensión a la vez que
una expresión repentina de afecto anteriormente reprimido cuya liberación es necesaria para
mantener el estado de relajación adecuado Hay dos tipos de liberación emotiva: la catarsis
verbalizada y la fatiga.

Etología de la Agresión: surge de etólogos y de teorías psicoanalíticas. Entienden
la agresión como una reacción impulsiva e innata, relegada a nivel inconsciente y no asociada a
ningún placer. Las teorías psicoanalíticas hablan de agresión activa (deseo de herir o de
dominar) y de pasividad (deseo de ser dominado, herido o destruido). No pueden explicar los
fines específicos del impulso agresivo, pero si distinguen distintos grados de descarga o
tensión agresiva.

Teoría Bioquímica o Genética: el comportamiento agresivo se desencadena como consecuencia de una serie de procesos bioquímicos que tienen lugar en el interior del organismo y en los que desempeñan un papel decisivo las hormonas. Se ha demostrado que la noradrenalina es un agente causal de la agresión.

Lo que parece quedar claro de todo lo anterior es que, aunque la agresividad está constitucionalmente determinada y aunque hay aspectos evolutivos ligados a la violencia, los factores biológicos no son suficientes para poder explicarla, puesto que la agresión es una forma de interacción aprendida.

Otros factores implicados en el desarrollo de la agresividad son los cognitivos y los sociales, desde cuyas vertientes se entiende la conducta agresiva como el resultado de una inadaptación debida a problemas en la codificación de la información, lo cual hace que tengan dificultades para pensar y actuar ante los problemas interpersonales y les dificulta la elaboración de respuestas alternativas. Estos déficits socio-cognitivos pueden mantener e incluso aumentar las conductas agresivas, estableciéndose así un círculo vicioso difícil de romper.

Cuando un niño agresivo es rechazado y sufre repetidos fracasos en sus relaciones sociales, crece con la convicción de que el mundo es hostil y está contra él, aunque esto no le impide que se autovalore positivamente. Sin embargo, para orientar su necesidad de relaciones sociales y manejar positivamente su autoestima busca el apoyo social de aquellos con los que se siente respaldado, que son los que comparten con él sus estatus de rechazados, creándose así pequeños grupos desestabilizadores dentro del grupo.

Tampoco se debe olvidar la influencia que tienen los factores de personalidad en el desarrollo de la agresividad, puesto que el niño agresor suele mostrar una tendencia significativa hacia el psicoticismo. Le gusta el riesgo y el peligro y posee una alta extraversión que se traduce en el gusto por los contactos sociales, aunque en ellos habitualmente tiende a ser agresivo, se enfada fácilmente y sus sentimientos son variables. Todo lo anterior hace que este tipo de niño tienda a tener “trastornos de conducta” que le lleven a meterse en problemas con sus iguales e incluso con adultos.

Sin menospreciar los factores biológicos, los cognitivos, los sociales y los de personalidad,
los factores que cobran un papel especialmente importante en la explicación de la aparición de conductas violentas, son los factores ambientales. Cobra especial importancia el papel de la familia puesto que si la agresividad como forma de resolver problemas interpersonales suele tener su origen al principio de la infancia, parece claro que en buena parte se deba fraguar en el ambiente familiar.

El modelo de familia puede ser predictor de la delincuencia de los niños, puesto que el clima socio-familiar interviene en la formación y desarrollo de las conductas agresivas. Los niños agresivos generalmente perciben en su ambiente familiar cierto grado de conflicto. Las conductas antisociales que se generan entre los miembros de una familia les sirven a los jóvenes de modelo y entrenamiento para la conducta antisocial que exhibirán en otros ambientes, debido a un proceso de generalización de conductas antisociales.

Existen una serie de variables implicadas en la etiología familiar, las cuales tendrán una
influencia directa en el desarrollo del apego, la formación de valores morales, roles y
posteriores relaciones sociales. Estas variables implicadas son:

a)  Ausencia de marcos de referencia de comportamiento social y familiar.

b)  Rechazo de los padres hacia el niño.

c)  Actitud negativa entre padres e hijos.

d)  Temperamento del chico en interacción con la dinámica familiar.

e)  Refuerzo positivo a la agresividad.

f)  Prácticas de disciplina inconsistentes.

g)  Prácticas disciplinarias punitivas.

h)  Carencia de control por parte de los padres.

i)  Empleo de la violencia física como práctica social-familiar aceptable.

j)  Historia familiar de conductas antisociales.

k)  Empleo de castigos corporales.

l)  Aislamiento social de la familia.

m)  Exposición continuada a la violencia de los medios de comunicación.

De todo lo anterior se puede deducir que la agresión es la conducta emergente de un
entramado en el que se asocian ideas, sentimientos y tendencias comportamentales que, una vez
activadas la alimentan y sostienen incluso sin que el individuo ejerza un control voluntario.

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